Hay noches y noches. Y la de aquel día en Caparan fue especial. Qué duda cabe. Me pregunto en qué momento vencí mi timidez, el miedo. Cómo pasé tan rápido de estar presenciando el baile del Kumpo —como un espectador— a sumarme a este rito ancestral de la etnia de los Diola. Como uno más.
Pongámonos en situación. Un tipo de Soria en una remota aldea de Senegal —a miles de kilómetros de España— vibrando y bailando junto al Kumpo —un ‘espíritu’ procedente del ‘bosque mágico’ de Caparan— y a decenas de africanos. Como un senegalés más. Maravilloso.
No hay duda: hay noches y noches. Y ésta fue mágica, inolvidable. Pura felicidad. En África.