Aquel día surcábamos el mar de Bohol en una embarcación fabricada con maderas y cañas de azúcar —Google dice que se denomina Bangka—, cuando llegamos a una isla. No sé cómo se llamaba. A ver quién es el listo que se aprende los nombres de las 7.000 que conforman Filipinas. 

Eran las 12.00 de la mañana. Alcanzamos la orilla, amarramos la barca y nos adentramos en un pequeño poblado de casas, ubicado en primera línea de playa. Allí, de repente, nos topamos con un paisano local que portaba abundante material de buceo. Un tipo con las ideas claras.

—¿Os apetece nadar y bucear junto a tortugas?, nos propuso, una vez realizadas las pertinentes presentaciones.

Nosotros, que no teníamos otra cosa mejor que hacer, le dijimos que sí. Que adelante. Que hemos venido a jugar. Ni lo hablamos entre nosotros ni negociamos los 850 pesos filipinos que nos pedía por contratar el tour —el regateo es práctica habitual en países como éste—, unos 15 euros al cambio.

—Trato hecho, amigo. Y chocamos la mano. Como antaño.

Ayer recordé aquel día y aquel viaje con mis amigos de la Universidad. Volví a ver el vídeo que ilustra estas líneas y no pude parar de sonreír. No importa que hayan pasado tres años de esta aventura. 

Vaya por delante que admito la derrota. Sé que no es para tanto, que más se perdió en Cuba. Pero aquel día pecamos de pardillos. Pagamos la novatada. No supimos leer entre líneas, calibrar que aquel paisano era un tipo listo. Uno de esos avispados que conocen el terreno, que optimizan los recursos. Que dominan el negocio local. 

Sí, practicar snorkel mereció la pena. Nos lo pasamos en grande. Repetiría una y mil veces. Pero tiene su gracia recordar que lo que contratamos, aquel tour de tortugas, apenas consistía en entrar al agua, alejarnos de la orilla unos 20 metros y empezar a bucear. Un buen negocio, vaya. El tour de tortugas.

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Consultor de Comunicación Financiera y Corporativa, con más de 13 años de trayectoria profesional.

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