La Navidad, el cierre del año y el arranque de un nuevo ejercicio siempre invitan al balance. Es tiempo de revisar qué hemos hecho bien, qué nos ha faltado por hacer y qué metas nos  marcarnos para los próximos meses. Normalmente, rellenamos ese ejercicio con listas de objetivos, nuevos hábitos, más productividad. Pero, quizá, uno de los mejores “propósitos de año nuevo” sea, justamente, lo contrario: dejar de llenar tanto el tiempo y hacer espacio para aburrirnos. Sí, aburrirnos.

Hace unos días leía un artículo del profesor de Harvard Arthur C. Brooks, autor de The Happiness Files: Insights on Work and Life, en el que citaba un experimento muy gráfico de su colega Dan Gilbert. En ese estudio, a varias personas se les pedía que permanecieran sentadas en una habitación vacía durante 15 minutos, sin hacer absolutamente nada. La única “distracción” disponible era un botón. Si lo pulsaban, recibían una descarga eléctrica dolorosa. La alternativa era sencilla: aguantar el aburrimiento… o hacerse daño. El resultado fue sorprendente: una mayoría prefirió darse descargas antes que permanecer a solas con sus propios pensamientos. Tan incómodo nos resulta el aburrimiento que elegimos el malestar físico antes que enfrentarnos a él.

Este experimento ilustra bien un problema muy actual: hemos perdido la capacidad de aburrirnos. Cada microespera –en el semáforo, en la cola del supermercado, en el ascensor– la llenamos con la pantalla del móvil.

Brooks explica que, cuando no estamos ocupados con tareas, se activa en nuestro cerebro la llamada “red de modo por defecto”, un conjunto de estructuras que se ponen en marcha cuando la mente divaga. Es ahí donde aparecen preguntas incómodas cómo ¿qué sentido tiene mi vida?, ¿a qué dedico de verdad mi tiempo?, ¿estoy donde quiero estar?,…

Para escapar de ese ligero malestar, tiramos del teléfono y lo apagamos con dopamina rápida: redes sociales, noticias, notificaciones. El problema es que, si cada vez que nos aburrimos buscamos una distracción, bloqueamos el espacio mental necesario para explorar el significado, el propósito y la coherencia de nuestra vida. Y Brooks liga directamente esta incapacidad de soportar el aburrimiento con el aumento de la ansiedad, la depresión y la sensación de vacío que observamos en nuestras sociedades.

Todo esto no es solo relevante a nivel personal. Tiene una derivada directa en el ámbito profesional. En mi caso en el ámbito de la consultoría y los asuntos corporativos. Porque un profesional que no soporta el silencio ni el espacio vacío puede tender a reaccionar en automático: más presentaciones, más campañas, más mensajes, más actividad. Obviando que el verdadero valor en nuestro trabajo no suele surgir en medio del ruido, sino en esos momentos de pausa incómoda, en los que dejamos que la mente conecte puntos: reputación, propósito, riesgos, stakeholders, contexto regulatorio. Si no hay hueco para aburrirse, tampoco lo hay para la reflexión estratégica profunda.

Las organizaciones también sufren esta hiperactividad: llenan agendas, reuniones y planes de acción, pero no se conceden tiempo de calidad para pensar en quiénes son, qué quieren ser y qué narrativa coherente sostiene sus decisiones. El resultado: mensajes reactivos, estrategias cortoplacistas y proyectos sin verdadero sentido.

¿Qué podemos hacer, entonces, para reconciliarnos con el aburrimiento? Arthur C. Brooks propone varios hábitos muy concretos que aplica en su propia vida y que son útiles tanto en lo personal como en lo profesional:

  • No usar dispositivos después de cierta hora (en su caso, las 19:00). Poner un límite claro ayuda a recuperar espacios de silencio y descanso mental.
  • No dormir con el teléfono en la mesilla. Alejarlo físicamente es una forma sencilla de cortar la dependencia y mejorar el descanso.
  • Nada de teléfonos durante las comidas, especialmente en familia o con amigos. Estar presentes para quienes están presentes.
  • “Ayunos” regulares de redes sociales y pantallas, durante horas o días concretos. Al principio la cabeza “grita” pidiendo dopamina, pero luego se calma y aparece una claridad distinta.
  • Practicar deliberadamente periodos de 15 minutos de aburrimiento: ir al gimnasio sin auriculares, conducir sin radio, esperar sin sacar el móvil. Entrenar la habilidad de estar con nuestros pensamientos.
  • Configurar el teléfono para que solo unas pocas personas puedan localizarle en caso de verdadera emergencia

En un entorno social como en el que nos encontramos, obsesionado con la ocupación permanente, reivindicar el aburrimiento es un acto estratégico. Nos devuelve la capacidad de pensar con calma sobre lo que importa: nuestro propósito personal, en un sentido amplio de la palabra donde cabe la familia, los amigos, el trabajo,… Todo. Y quizá, precisamente ahí, en esos huecos incómodos sin pantalla, encontremos las mejores ideas para el nuevo año. ¡Feliz 2026!

*La ilustración que acompaña este post ha sido desarrollada con IA

Author

Project manager de comunicación en ATREVIA, con más de 17 años de trayectoria profesional trabajando en medios de comunicación y asesorando a directivos y compañías nacionales e internacionales, que operan en entornos financieros, inmobiliarios, energéticos e industriales.

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